sábado, 26 de junio de 2010

En el Estado no hay ángeles

* Fernando Gómez Casas

Todos los seres humanos en mayor o menor medida tenemos un comportamiento común: queremos más dinero que menos.

Es una condición natural que los economistas denominan “racionalidad económica” y que implica que más allá del grupo social al que pertenezcamos, de nuestra vocación, principios y valores, si nos ponen a elegir entre dos escenarios con condiciones similares, seleccionaremos aquel que genere mayores ingresos.

Este supuesto clave, aplicado permanentemente desde la economía clásica para resolver modelos de comportamiento humano, extraña e insensatamente, ha sido excluido de los principios del Estado, especialmente en países como los nuestros, lo que ha propiciado las prácticas de corrupción.

Muchos son los escenarios para analizar el problema de la corrupción de nuestros países, muchas las hipótesis para justificarla, pero casi todos los antídotos para combatirla se han concentrado en la aplicación severa de la ley y no en lo razonable, que es un ajuste de incentivos del empleado público como agente económico que es.

Hace un poco más de un año, me invitaron a presentar una conferencia sobre Control de Prácticas Comunes de Corrupción, en el marco de un Foro del Ministerio de Ambiente y Vivienda en el que se planteó que la corrupción persistirá hasta tanto no se cambie la moral irracional del Estado que considera al empleado público como un ser desinteresado de su propia ganancia y para quien el beneficio social está situado muy por encima del propio (ponencia completa en www.proyecta-sa.com).

Es importante aclarar que estos conceptos ya han sido analizados por autores como Peltzman en la década de los 70, en los que se reconoce la importancia de realizar modelos de eficiencia en políticas públicas bajo captura del regulador.

Siendo lógico que el empleado público tiene racionalidad económica, hasta cuándo vamos a mantener en el Estado un sistema de incentivos de doble moral y que propicia la corrupción?

El costo de una campaña política es, cuando menos, cuatro veces más que la sumatoria de los salarios ofrecidos para el cargo al que se aspira, e incluso con el reconocimiento económico de una parte de los votos por el Estado, al menos la mitad del costo de la campaña esta desfinanciado. No es lógico que si se busca ganar, las campañas políticas requieran financiación privada? Y si las empresas ofrecen apoyo económico, no es razonable que requieran recuperarlo en el tiempo? Esta situación evidencia la doble moral en la que preferimos taparnos los ojos ante una realidad evidente, antes de proponer mecanismos que al hacer visibles las prácticas, permitan socializar los resultados.

Un empleado público tiene asignado un salario bajo, por lo que cualquier profesional de alto nivel, a menos que reciba beneficios adicionales, en general optará por el sector privado. Además, el funcionario público tampoco tiene incentivo natural a hacer una buena gestión ya que a diferencia del sector privado, en el Estado se castiga lo malo pero no se premia lo bueno.

Hasta cuándo vamos a preferir un sistema de doble moral antes de abordar la discusión para generar políticas tendientes a mejorar el ingreso de los funcionarios del Estado, promover incentivos al éxito en la gestión y generar posibilidades de hacer lobby de manera legal con claridad en las reglas de juego para todo el sector privado?

No es suficiente realizar un esfuerzo legal y judicial sino que se requiere generar incentivos al funcionario público que reduzcan intereses ilegales de favorecimiento individual, e igualmente incentivos al el sector privado, para fortalecer la institucionalidad, reglas de juego y temor por castigo severo a los corruptos.

sábado, 19 de junio de 2010

Historia de un desafío emprendedor

*Fernando Gómez Casas

Durante mi corta experiencia profesional previa a Proyecta me aterraron muchas cosas. Los empleados tenían miedo constante de sus jefes - que no eran considerados personas sino emperadores de un mundo lejano -. No había amistad en términos verticales de línea jerárquica y la vida personal de cada uno debía estar muy aparte de la empresa. Se observaba con recelo aquellos que salían a la hora en punto o que se tomaban todo el tiempo de almuerzo. La calificación del buen empleado se disputaba entre aquellos que más trasnochaban en la empresa y los que a toda costa querían ser reconocidos ante los jefes.

En ese mundo empresarial en que me sentía corto de inspiración y desmotivado por la larga carrera que me negaba a recorrer para ascender un cargo, me encontré también la posibilidad de gestionar proyectos, a través de empresas de servicios públicos con participación privada. Reconocí entonces otra dura realidad. La intención de muchos empresarios era la de obtener dinero de la manera más fácil, capturando al Estado y a costa de la sociedad. Muchas empresas colombianas debían su éxito a las relaciones y no al sustento técnico de sus administradores. Y entonces, qué camino seguir si no me interesaba hacer carrera en una gran empresa sin corazón frente a la gente, pero tampoco quería hacer parte de empresas exitosas por sus relaciones pero sin corazón frente a la sociedad?

En medio de esos dilemas, y dado que se empezaron a presentar una serie de eventos favorables y coincidencias, que los creyentes reconocemos como “apoyo de Dios”, PROYECTA empezó a ser una alternativa viable de vida, una razón de lucha, una justificación para emprender nuevos proyectos.
Siendo muy corto un camino de siete años, en este momento sabemos con certeza, qué podemos recomendarle a los emprendedores del futuro.

• Un proyecto no puede consistir simplemente en buscar dinero. Es necesario estructurar ideas con un ánimo de cambio social, apoyo a la gente, mejoramiento de los recursos, etc., y cada una de ellas, estando bien concebida, traerá la compensación económica. En general, la ganancia financiera es un resultado, no un objetivo. Es lo que legitima una idea y la diferencia de un proyecto mafioso. Esta concepción, además de traer mayor “confort” desde el punto de vista humano, empieza a generar círculos virtuosos de crecimiento. A nadie le molesta pensar que otro genere cosas buenas, y por tanto, su reputación y el goodwill se incrementa.

• La eficiencia de una empresa o proyecto depende, en una altísima proporción, de los que en ella laboran. En una clase en Madrid escuché la perfecta definición de un principio que aplicábamos en Proyecta: “los socios invierten su dinero en las compañías, los empleados invierten su vida”. Es momento de generar tratos igualitarios, reconocer las necesidades personales y ofrecer alternativas de desarrollo y crecimiento. Los estímulos no vienen exclusivamente de lo económico, muchas veces esos mismos no impactan de la forma como lo hacen otros. Cuántos empresarios hoy en día, conocen y recuerdan a los hijos de sus empleados? Cuántos han hablado con su personal de lo que quieren, lo que les gustaría tener en sus vidas? Sin embargo, todo el mundo reconoce que estando feliz se comporta mejor y produce más.

• Los otros principios se deducen de aquellos que requiere el exigente mercado. En muchas reuniones he escuchado gerentes que justifican sus méritos empresariales en la calidad de sus trabajos. Yo me pregunto: hoy en día, con un mercado globalizado, competitivo y exigente, hacer un trabajo con calidad es un diferenciador? Creo que esos conceptos hay que extinguirlos de nuestra sociedad. Una empresa sin calidad, puntualidad y cumplimiento no debe ni siquiera existir. No nos diferenciamos por tener sistema de gestión de la calidad, es una obligación. Hacer las cosas bien debe estar por descontado en las empresas de nuestra región y es a partir de allí que se construyen los diferenciadores para hacer proyectos exitosos.

• Finalmente, cada proyecto que se emprenda debe contar con aquello que define su éxito o fracaso: el factor diferenciador. Este factor, que ha sido estudiado por expertos como Porter y muchos otros, se construye de manera endógena al proyecto y contiene los siguientes atributos. A través de él se logra la creación de alto valor y por tanto es valioso. Es novedoso y en esa vía no tiene competencia directa. No es fácilmente replicable por los competidores y la copia no lo permitiría igualar. Nueva pregunta, cuántos de los proyectos que emprendemos contienen diferenciadores? Con un agravante y es que la ausencia de diferenciadores conduce a que la posición competitiva no sea sostenible en el mediano plazo. En otras palabras, es imperante la búsqueda de diferenciadores en todos los proyectos, una tarea permanente que no cesa ni siquiera cuando se ha encontrado uno.

Los principios mencionados, que se han vuelto nuestra forma de vida empresarial, nos han traído compensaciones inmensas. A veces el camino se siente más largo, no hay atajos, y en muchos casos las puertas son difíciles de abrir, pero cada paso se da sobre cimientos firmes. Las expectativas son grandes y la posibilidad de contribuir al cambio estructural que requerimos se hace realidad permanentemente. En Proyecta somos optimistas por naturaleza y lo seguiremos siendo.

martes, 15 de junio de 2010

Obstáculos para el desarrollo y proyectos exitosos

*Fernando Gómez Casas

En las últimas semanas se vive un ambiente analítico sobre el futuro económico y posibilidades de desarrollo de nuestro país. A una campaña presidencial de altura, se han sumado la presentación de estudios internacionales sobre competitividad y desarrollo -como el ranking de competitividad del World Economic Forum o la presentación de Doing Business para Colombia -, y la percepción de analistas como Michael Geoghegan que se atrevió a incluir a Colombia dentro de un grupo de países con economías dinámicas, estabilidad política y población amplia, joven y en crecimiento (CIVETS).

Sin duda alguna, la economía colombiana se ha resentido menos en la crisis internacional que el promedio del mundo y sus perspectivas son favorables. Adicionalmente, en la composición de las 5.000 empresas más grandes del país, se observan nuevos sectores de talla mundial, como la tercerización de servicios, software, etc.

En fin, nuestro país está mejor que muchos otros, eso es necesario reconocerlo; sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es, qué nos hace falta para mejorar nuestro desarrollo humano, disminuir la brecha social y aumentar la calidad de vida?

Esta misma reflexión me la he planteando el último año, durante jornadas académicas que viví en diferentes lugares del Mundo. Es que acaso los colombianos somos menos imaginativos, menos talentosos o menos juiciosos que habitantes de otros países en camino al bienestar social?. Definitivamente no. En Colombia el talento se encuentra en cualquier lugar. La imaginación y la creatividad se fusionan con nuestro temperamento cálido; poseemos una cultura innata de servicio al cliente, casi inexistente en el mundo. Las ventajas competitivas provienen de nuestro ser colombiano. Entonces qué falla?

Falla la imposibilidad o falta de interés por resolver los problemas con las formulas más simples. Nos falta aplicar más sentido común y dejar de creer que para cada problema tenemos que aplicar un procedimiento único, especial, que descarta la experiencia y mucho más si ella es externa. Allí hay una situación muy extraña y es que cuando el interés de unos pocos se sobrepone a la mayoría, la lógica deja de aplicarse.

Falla la aplicación de principios de solidaridad, colaboración y trabajo en equipo. Somos una sociedad egoísta. Los empresarios no quisieran tener socios y hacen todo por evitarlos o disminuirlos. Los empleados trabajan mejor cuando son empoderados directamente. Pocas veces se lucha por el equipo y si por la figuración personal.

Falla la posibilidad de soñar. Pensamos que nadie va cambiar nada, que somos ajenos a la realidad. Que no importa quién esté hoy dirigiendo, si el que vendrá mañana puede empeorar la situación. No reclamamos nuestros derechos como sociedad. Aceptamos lo que sea y al precio que sea.

No obstante, la sociedad colombiana vista desde la óptica de muchas personas, especialmente extranjeros, tiene un altísimo potencial. ¿Quisiera saber cuántos de estas personas que nos visitan se van con mala imagen del país?. Sin embargo, el aprovechamiento de este potencial sólo generará cambios sociales en la medida en que cada Colombiano se permita sentirse más valioso, aspirar a más y comportarse como tal, especialmente exigiendo valores sociales en las decisiones de políticas públicas y promoviendo que el interés de la mayoría prime sobre los intereses particulares.