* Fernando Gómez Casas
En artículos anteriores analizamos algunos factores críticos para hacer sostenibles los negocios en el largo plazo. Concluimos que una empresa consolidada, una buena idea o un buen producto no son suficientes para garantizar el éxito y por eso es necesario buscar el factor diferenciador que permite hacer sostenible la creación de valor en una compañía. En otras palabras, se necesita que los empresarios se comprometan a innovar permanentemente.
Pero contrario a lo que muchos creen, el proceso de innovación no es algo complejo ni costoso, lo único que requiere es el compromiso de los socios o gerentes de permitirse ser más visionarios y pensar un poco más en el futuro, aceptar nuevos conceptos, romper paradigmas y estar dispuesto a cambiar.
En nuestra experiencia como consultores una de las dificultades más grandes ha sido enfrentarse a empresas con trayectoria y lograr aceptación y receptividad de los administradores. A veces ni siquiera entendí porqué nos firmaron contratos, pues con frecuencia se hacían comentarios que de fondo llevaban mensajes como: “llevo X años haciéndolo de esta forma y me ha ido bien”, “quién se cree Usted que acaba de conocer este negocio”,” su juventud o estudio no se compara con mi experiencia”, etc.
En gran parte, es cierto. La experiencia es gran consejera en momentos de toma de decisiones, pero también lo es la visión desde diversas perspectivas. Porqué no optimizar lo que se ha hecho bien y entrar en una senda de mayor creación de valor? Para hacerlo es necesario promover en las empresas la autoevaluación, la posibilidad de abordar los problemas de forma diferente y el estudio de experiencias externas que permitan sacar provecho de las curvas de aprendizaje de otros.
Para innovar es necesario tener actitud y disposición de oír lo que a veces no se quiere. Incluso en algunos métodos se recomienda contratar gente joven que produzca ideas diferentes. Es necesario aceptar la palabra “cambio” ya que en nuestro día a día nos llenamos la cabeza de prejuicios que afectan la toma de decisiones. Veamos algunos ejemplos.
Aunque no lo creamos algunas veces “vender mas NO es mejor”. Así como en la economía hay recalentamientos por sobre producción, también en una compañía es posible que vender más este conduciendo a una situación de iliquidez riesgosa en casos en que el capital de trabajo está en niveles altos.
Dependiendo el sector, “el aprovechamiento de precios bajos en materias primas para incrementar la producción NO determina un futuro boyante para la compañía”. Cuando nos encontramos en un sector con alto dinamismo y cambio tecnológico, la lenta capacidad de reacción nos puede dejar fuera del mercado con exceso de inventario.
Finalmente, “la deuda NO afecta el valor de nuestra empresa” e incluso, en casos de alto costo de financiación de los socios, puede ser más rentable incrementar el apalancamiento financiero y descapitalizar la compañía.
Esos ejemplos sencillos tienen el objetivo de generar la necesidad de autoevaluación y de aprovechar visiones y experiencias externas para el propio crecimiento. Un diagnóstico financiero que detecte malestares a tiempo, permite encontrar los tratamientos adecuados para cualquier tipo de dolencias de las compañías y abre el espacio de procesos de innovación.
El diagnóstico financiero es entonces un punto de partida que permite reconocerse financiera y operacionalmente y desde ahí potencializar los inductores de valor que a la postre serán las ventajas competitivas creadoras de valor.
A partir de la autoevaluación realizada en el diagnóstico financiero, se deben promover nuevas visiones de los problemas y analizar el resultado de competidores en situaciones similares. Sólo así se romperá con el prejuicio de muchos empresarios de micro, pequeñas y medianas empresas que creen, con la mejor intención, que sus decisiones han sido las mejores que pueden tomar y que un cambio será perjudicial en todos los casos. Es Usted uno de esos empresarios?
Este Blog tiene por objetivo presentar reflexiones sobre gerencia y su afectación por las políticas públicas nacionales e internacionales
lunes, 26 de julio de 2010
sábado, 17 de julio de 2010
Cómo competir en la ley de la selva
* Fernando Gómez Casas
Si bien un pilar fundamental de los modelos de desarrollo económico es la promoción del emprendimiento, en la realidad nuestros gobiernos no hacen mucho por impulsar esta iniciativa empresarial y por el contrario, promueven la concentración de la riqueza y la generación de oligopolios.
Antes de avanzar en la explicación, veamos por qué la competencia entre muchos oferentes de bienes y servicios se considera provechosa para la sociedad.
Las primeras respuestas son lógicas, pues al aumentar la oferta de empresas se logra mayor empleo y un consiguiente incremento de la capacidad de pago de la sociedad que a la postre redunda en crecimiento económico y desarrollo. Además, entre más bienes alternativos exista en el mercado, cada consumidor puede escoger el que mejor cumpla sus expectativas, mientras que al tener competencia se ofrecerá mejor calidad.
Otras justificaciones se han explicado en modelos microeconómicos que demuestran como la libre competencia produce una reducción de precios tal que se igualan a los costos de producción. En este escenario, el vendedor se apropia de lo justo y el consumidor paga lo mínimo. Este escenario se denomina “primer mejor”, pues produce el mayor bienestar social (que se compone de lo que gana el productor mas lo que gana el consumidor).
Debo aclarar que la competencia perfecta es un “objetivo utópico” pues, siendo consecuente con los anteriores artículos en los que se planteó cómo los productos únicos y con alto valor agregado son la fórmula del éxito de los negocios, la realidad no permite que se cumplan los supuestos que exige el modelo como son productos homogéneos. Sin embargo, es claro que las políticas públicas del Estado deben propiciar la competencia.
Habiendo comprendido porqué la competencia entre muchos participantes es provechosa para toda la sociedad, analicemos las incoherencias en el proceso de iniciativa empresarial.
Para desarrollar su idea, un emprendedor requiere capital que, en la mayoría de los casos, no posee. En un país como la China el emprendedor recurriría a los bancos de fomento y/o fondos de capital de riesgo que evalúan sistemáticamente las ideas y las apalancan a través de una compensación con participación en el proyecto. En Latinoamérica, el emprendedor deberá ir a un banco comercial a que evalúen su capacidad financiera y le digan si es susceptible de endeudarse. El resultado general del sistema es que sólo quien tiene recursos económicos y suficientes garantías y/o colaterales, es receptor de financiación, que además es más costosa, por ser calificado de “alto riesgo”.
Una vez el emprendedor obtiene financiación y su compañía entra en operación, debe buscar oportunidades de negocios en el Estado y/o en el sector privado.
El Estado, casi con total certeza, es una puerta cerrada. La oportunidad se ofrece sólo al que tiene capacidad financiera y alta experiencia. Una compañía en una licitación debe demostrar solidez con indicadores financieros que, en muchos casos, no tienen sentido. Se exige normalmente el Capital de Trabajo, calculado como activos corrientes menos pasivos corrientes, que no demuestra en absoluto la liquidez requerida para la ejecución de un contrato (no profundizaré la crítica a la forma de evaluación de licitaciones que permite extensos análisis al respecto). Por otro lado, se solicitan años de vida de la compañía y una experiencia específica que parece premiar a los contratistas de siempre frente a los nuevos.
En cuanto a la competencia privada, es difícil robar porciones de mercado a empresas que habiendo recuperado sus inversiones iniciales tienen una productividad naturalmente mayor. No hay costos fijos, existen economías de escala y la curva de aprendizaje genera un “know how” con el que es difícil competir. Pero como si el reto fuera poco, los acuerdos de estabilidad y la capacidad de lobby que tienen las compañías grandes, son otras ventajas sobre los pequeños empresarios que sienten que se les "roba" gran parte de su futuro en impuestos.
Cómo sortear esas dificultades? Primero que todo, con ideas sólidas y bien fundamentadas, mejor entrenamiento y educación de calidad enfocada a la capacidad de generar proyectos nuevos.
En muchos países se obliga a que dentro de las asociaciones contractuales, un porcentaje se ceda a compañías nuevas que demuestren calidades de sus administradores, pero no las "palancas" (soporte financiero, know-how, etc) que es imposible tener cuando se está empezando un proyecto.
Es menester del Estado tomar conciencia de la situación y tornar ese ambiente adverso y casi hostil al emprendimiento, que más parece una ley de la selva, hacia el verdadero objetivo del desarrollo que es aumentar en el tamaño de la oferta empresarial y que al fin producirá el bienestar social que requerimos.
Si bien un pilar fundamental de los modelos de desarrollo económico es la promoción del emprendimiento, en la realidad nuestros gobiernos no hacen mucho por impulsar esta iniciativa empresarial y por el contrario, promueven la concentración de la riqueza y la generación de oligopolios.
Antes de avanzar en la explicación, veamos por qué la competencia entre muchos oferentes de bienes y servicios se considera provechosa para la sociedad.
Las primeras respuestas son lógicas, pues al aumentar la oferta de empresas se logra mayor empleo y un consiguiente incremento de la capacidad de pago de la sociedad que a la postre redunda en crecimiento económico y desarrollo. Además, entre más bienes alternativos exista en el mercado, cada consumidor puede escoger el que mejor cumpla sus expectativas, mientras que al tener competencia se ofrecerá mejor calidad.
Otras justificaciones se han explicado en modelos microeconómicos que demuestran como la libre competencia produce una reducción de precios tal que se igualan a los costos de producción. En este escenario, el vendedor se apropia de lo justo y el consumidor paga lo mínimo. Este escenario se denomina “primer mejor”, pues produce el mayor bienestar social (que se compone de lo que gana el productor mas lo que gana el consumidor).
Debo aclarar que la competencia perfecta es un “objetivo utópico” pues, siendo consecuente con los anteriores artículos en los que se planteó cómo los productos únicos y con alto valor agregado son la fórmula del éxito de los negocios, la realidad no permite que se cumplan los supuestos que exige el modelo como son productos homogéneos. Sin embargo, es claro que las políticas públicas del Estado deben propiciar la competencia.
Habiendo comprendido porqué la competencia entre muchos participantes es provechosa para toda la sociedad, analicemos las incoherencias en el proceso de iniciativa empresarial.
Para desarrollar su idea, un emprendedor requiere capital que, en la mayoría de los casos, no posee. En un país como la China el emprendedor recurriría a los bancos de fomento y/o fondos de capital de riesgo que evalúan sistemáticamente las ideas y las apalancan a través de una compensación con participación en el proyecto. En Latinoamérica, el emprendedor deberá ir a un banco comercial a que evalúen su capacidad financiera y le digan si es susceptible de endeudarse. El resultado general del sistema es que sólo quien tiene recursos económicos y suficientes garantías y/o colaterales, es receptor de financiación, que además es más costosa, por ser calificado de “alto riesgo”.
Una vez el emprendedor obtiene financiación y su compañía entra en operación, debe buscar oportunidades de negocios en el Estado y/o en el sector privado.
El Estado, casi con total certeza, es una puerta cerrada. La oportunidad se ofrece sólo al que tiene capacidad financiera y alta experiencia. Una compañía en una licitación debe demostrar solidez con indicadores financieros que, en muchos casos, no tienen sentido. Se exige normalmente el Capital de Trabajo, calculado como activos corrientes menos pasivos corrientes, que no demuestra en absoluto la liquidez requerida para la ejecución de un contrato (no profundizaré la crítica a la forma de evaluación de licitaciones que permite extensos análisis al respecto). Por otro lado, se solicitan años de vida de la compañía y una experiencia específica que parece premiar a los contratistas de siempre frente a los nuevos.
En cuanto a la competencia privada, es difícil robar porciones de mercado a empresas que habiendo recuperado sus inversiones iniciales tienen una productividad naturalmente mayor. No hay costos fijos, existen economías de escala y la curva de aprendizaje genera un “know how” con el que es difícil competir. Pero como si el reto fuera poco, los acuerdos de estabilidad y la capacidad de lobby que tienen las compañías grandes, son otras ventajas sobre los pequeños empresarios que sienten que se les "roba" gran parte de su futuro en impuestos.
Cómo sortear esas dificultades? Primero que todo, con ideas sólidas y bien fundamentadas, mejor entrenamiento y educación de calidad enfocada a la capacidad de generar proyectos nuevos.
En muchos países se obliga a que dentro de las asociaciones contractuales, un porcentaje se ceda a compañías nuevas que demuestren calidades de sus administradores, pero no las "palancas" (soporte financiero, know-how, etc) que es imposible tener cuando se está empezando un proyecto.
Es menester del Estado tomar conciencia de la situación y tornar ese ambiente adverso y casi hostil al emprendimiento, que más parece una ley de la selva, hacia el verdadero objetivo del desarrollo que es aumentar en el tamaño de la oferta empresarial y que al fin producirá el bienestar social que requerimos.
domingo, 11 de julio de 2010
Una reconquista más diplomática
* Fernando Gómez Casas
La inversión extranjera ha sido presentada como una condición “sine qua non” en los modelos de desarrollo económico. Se habla a los estudiantes de la importancia de recibir recursos externos que traen círculos virtuosos de transferencia del conocimiento, empleo, producción y bienestar. En ese sentido, para los gobiernos se ha hecho imperativo generar cláusulas y contratos de estabilidad jurídica que generan camisas de fuerza a los hacedores de políticas públicas frente a la posibilidad de modificar las reglas de juego para los extranjeros.
Hasta allí, pareciera que esa tesis y su implementación tiene total sentido y la verdad, hasta hace unos meses, para mí también lo tenía.
Sin embargo, en una visita realizada hacia medidos del 2009 a Madrid, tuve la oportunidad de entender el verdadero alcance en la aplicación de este criterio y observar la inmensa distancia entre lo que es una tesis interesante en el papel y una cruda realidad.
No critico las espectaculares instalaciones del Banco Santander en las afueras de Madrid que más parecen un club de golf, ni las obras arquitectónicas inteligentes de Telefónica, al contrario las admiro y reconozco que por momentos me hizo soñar con la sala de juntas que quisiera tener en mi compañía.
No le quito mérito a los sagaces empresarios que generan riqueza en otros países y que mejoran el bienestar en el propio. Al contrario, eso lo considero un deber ser para cada habitante del mundo. Tampoco critico el discurso estratégico en el que al menos el 70% de las ventas de esas corporaciones las genera LATAM (abreviación utilizada en el mundo para Latinoamérica), pues creo en la competencia global en que ganan los mejores.
Acepto que no me gusta la doble moral que evidencian al expresar que se debe tener cuidado con Hugo Chávez, mientras la Venezuela actual es el mejor socio generador de riqueza, y aún así no reprocho esa visión de sus accionistas.
No comparto pero respeto las críticas españolas a los esquemas de regulación banacarios colombianos por ser muy “severos” y faltos de “visión estratégica”, mientras que se alaban los entes reguladores en el Perú, porque han permitido la "colaboración multinacional" en la generación de los alcances en la supervisión y control. Supongo yo que su capacidad de influencia política es legítima.
No los critico porque son privados, que como lo explique en artículos anteriores, tienen el natural objetivo de generarse riqueza. La pregunta es: qué estamos haciendo en Latinoamérica para que su riqueza generada en nuestro mercado incremente nuestro bienestar social?
Lo que si era por lo menos chocante para mi, era pensar que aunque hemos contribuido con su riqueza, yo tenía familiares casi explotados por esas multinacionales en Colombia y que los abusos de autoridad eran “vox populi”, mientras en Madrid existe un estado de bienestar para los empleados, que se transportan en buses dentro del complejo bancario y tienen acceso a canchas de tenis, campos de golf, etc. Cuál es entonces la verdadera riqueza que nos genera la inversión extranjera?
Mientras nosotros en Latinoamérica pensamos en acuerdos de estabilidad y condiciones de competencia más favorables frente a los competidores locales, a través de muchas multinacionales se ha producido una reconquista menos violenta y más diplomática en la que el tratamiento económico parece no ser muy diferente del histórico, y al final, dejamos en desventaja nuestros empresarios locales para quienes como yo mismo lo he recomendado al Estado, la estabilidad no implica asegurar la ganancia ni favorecer intereses privados sobre los públicos.
La inversión extranjera ha sido presentada como una condición “sine qua non” en los modelos de desarrollo económico. Se habla a los estudiantes de la importancia de recibir recursos externos que traen círculos virtuosos de transferencia del conocimiento, empleo, producción y bienestar. En ese sentido, para los gobiernos se ha hecho imperativo generar cláusulas y contratos de estabilidad jurídica que generan camisas de fuerza a los hacedores de políticas públicas frente a la posibilidad de modificar las reglas de juego para los extranjeros.
Hasta allí, pareciera que esa tesis y su implementación tiene total sentido y la verdad, hasta hace unos meses, para mí también lo tenía.
Sin embargo, en una visita realizada hacia medidos del 2009 a Madrid, tuve la oportunidad de entender el verdadero alcance en la aplicación de este criterio y observar la inmensa distancia entre lo que es una tesis interesante en el papel y una cruda realidad.
No critico las espectaculares instalaciones del Banco Santander en las afueras de Madrid que más parecen un club de golf, ni las obras arquitectónicas inteligentes de Telefónica, al contrario las admiro y reconozco que por momentos me hizo soñar con la sala de juntas que quisiera tener en mi compañía.
No le quito mérito a los sagaces empresarios que generan riqueza en otros países y que mejoran el bienestar en el propio. Al contrario, eso lo considero un deber ser para cada habitante del mundo. Tampoco critico el discurso estratégico en el que al menos el 70% de las ventas de esas corporaciones las genera LATAM (abreviación utilizada en el mundo para Latinoamérica), pues creo en la competencia global en que ganan los mejores.
Acepto que no me gusta la doble moral que evidencian al expresar que se debe tener cuidado con Hugo Chávez, mientras la Venezuela actual es el mejor socio generador de riqueza, y aún así no reprocho esa visión de sus accionistas.
No comparto pero respeto las críticas españolas a los esquemas de regulación banacarios colombianos por ser muy “severos” y faltos de “visión estratégica”, mientras que se alaban los entes reguladores en el Perú, porque han permitido la "colaboración multinacional" en la generación de los alcances en la supervisión y control. Supongo yo que su capacidad de influencia política es legítima.
No los critico porque son privados, que como lo explique en artículos anteriores, tienen el natural objetivo de generarse riqueza. La pregunta es: qué estamos haciendo en Latinoamérica para que su riqueza generada en nuestro mercado incremente nuestro bienestar social?
Lo que si era por lo menos chocante para mi, era pensar que aunque hemos contribuido con su riqueza, yo tenía familiares casi explotados por esas multinacionales en Colombia y que los abusos de autoridad eran “vox populi”, mientras en Madrid existe un estado de bienestar para los empleados, que se transportan en buses dentro del complejo bancario y tienen acceso a canchas de tenis, campos de golf, etc. Cuál es entonces la verdadera riqueza que nos genera la inversión extranjera?
Mientras nosotros en Latinoamérica pensamos en acuerdos de estabilidad y condiciones de competencia más favorables frente a los competidores locales, a través de muchas multinacionales se ha producido una reconquista menos violenta y más diplomática en la que el tratamiento económico parece no ser muy diferente del histórico, y al final, dejamos en desventaja nuestros empresarios locales para quienes como yo mismo lo he recomendado al Estado, la estabilidad no implica asegurar la ganancia ni favorecer intereses privados sobre los públicos.
lunes, 5 de julio de 2010
BP: Cómo un elefante cabe por el ojillo de una aguja...
* Fernando Gómez Casas
Dos situaciones de actualidad, como son el derrame de petróleo de la British Petroleum Company en el golfo de México, y por otro lado el Mundial de Futbol, permiten analizar un concepto a tener en cuenta en la toma de decisiones, la racionalidad limitada. Este concepto implica que cada ser humano tiene una inteligencia relativa, que aplica eficientemente a la hora de definir el objetivo de vida que maximiza su bienestar (no importa si es a corto o largo plazo), pero no siempre la aplica para la escogencia de los caminos para alcanzarlo.
El caso de la British Petroleum es la demostración de cómo por una situación gravísima de coyuntura, sumada a la aversión al riesgo que aterroriza al inversionista, le lleva a tomar decisiones irracionales. La evidencia que se presenta es que el efecto negativo en los resultados financieros de la BP son muy superiores a la valoración de la situación adversa. En otras palabras, una crisis que según los analistas ha consumido U$3.000 millones y que máximo podría llegar a los U$23.000 millones, ha generado, hasta ahora, una caída del valor de la compañía de casi $70.000 millones. Así, más allá del grave daño ambiental y las responsabilidades de sus administradores, la decisión de venta de los inversionistas ha generado un círculo vicioso en el que el problema se profundiza y se termina perdiendo mucho más que el costo que debe asumir la compañía por el derrame. Este tipo de situaciones que crea peligrosas burbujas de expectativas han sido las culpables de muchas crisis económicas. Los inversionistas quieren ganar altos dividendos en el tiempo, pero ante una pérdida, actúan quitándole más valor a sus recursos, así, cabe preguntarse: Le alcanzará la cantidad de petróleo a la BP para tapar el orificio de expectativas?
Por otro lado, un partido del Mundial de Futbol permite hacer un símil con la incapacidad de tomar buenas decisiones en una empresa. Una tragedia latinoamericana como fue la derrota de Brasil, explica el concepto. Durante el primer tiempo parecía un equipo imbatible, pero una vez cometió un error que le valió por el primer gol en su contra, acabó con todo el esquema de juego e incluso más pareció un equipo de la tercera división en Colombia. Qué le pasó? La razón se encuentra por el lado de la sicología y no de la preparación de los atletas. Un equipo de futbol, como una empresa, sufre de incapacidad de actuar de manera lúcida en momentos de dificultad. Todo el talento, la capacidad y experiencia se esfuman al ponerse en duda dentro de la mente de los jugadores. No se puede ser lo que no se cree ser y más allá, actuar de forma racional es más fácil en momentos de estabilidad y no de crisis.
En suma, la aplicación de los principios financieros, económicos, legales, administrativos y estadísticos, hacen posible encontrar decisiones óptimas de manera relativamente fácil. El desafío consiste en poner en práctica esas decisiones que son afectadas por la sicología de los individuos especialmente en los momentos de crisis. Decirle a un accionista de la BP que no venda, va más allá del ejercicio financiero. Lograr que un jugador de Brasil juegue como lo hace siempre, requiere más que palabras. Es por eso que cualquiera sea la disciplina empresarial en que cada uno se desempeñe, en muchos casos es mejor actuar como sicólogo y no matemático a la hora de recomendar acciones. Cada persona tiene en su interior una carga de sentimientos, expectativas y emociones que es conveniente interpretar para entender porqué en ocasiones y por la racionalidad limitada del ser humano, un elefante cabe por el ojillo de una aguja.
Dos situaciones de actualidad, como son el derrame de petróleo de la British Petroleum Company en el golfo de México, y por otro lado el Mundial de Futbol, permiten analizar un concepto a tener en cuenta en la toma de decisiones, la racionalidad limitada. Este concepto implica que cada ser humano tiene una inteligencia relativa, que aplica eficientemente a la hora de definir el objetivo de vida que maximiza su bienestar (no importa si es a corto o largo plazo), pero no siempre la aplica para la escogencia de los caminos para alcanzarlo.
El caso de la British Petroleum es la demostración de cómo por una situación gravísima de coyuntura, sumada a la aversión al riesgo que aterroriza al inversionista, le lleva a tomar decisiones irracionales. La evidencia que se presenta es que el efecto negativo en los resultados financieros de la BP son muy superiores a la valoración de la situación adversa. En otras palabras, una crisis que según los analistas ha consumido U$3.000 millones y que máximo podría llegar a los U$23.000 millones, ha generado, hasta ahora, una caída del valor de la compañía de casi $70.000 millones. Así, más allá del grave daño ambiental y las responsabilidades de sus administradores, la decisión de venta de los inversionistas ha generado un círculo vicioso en el que el problema se profundiza y se termina perdiendo mucho más que el costo que debe asumir la compañía por el derrame. Este tipo de situaciones que crea peligrosas burbujas de expectativas han sido las culpables de muchas crisis económicas. Los inversionistas quieren ganar altos dividendos en el tiempo, pero ante una pérdida, actúan quitándole más valor a sus recursos, así, cabe preguntarse: Le alcanzará la cantidad de petróleo a la BP para tapar el orificio de expectativas?
Por otro lado, un partido del Mundial de Futbol permite hacer un símil con la incapacidad de tomar buenas decisiones en una empresa. Una tragedia latinoamericana como fue la derrota de Brasil, explica el concepto. Durante el primer tiempo parecía un equipo imbatible, pero una vez cometió un error que le valió por el primer gol en su contra, acabó con todo el esquema de juego e incluso más pareció un equipo de la tercera división en Colombia. Qué le pasó? La razón se encuentra por el lado de la sicología y no de la preparación de los atletas. Un equipo de futbol, como una empresa, sufre de incapacidad de actuar de manera lúcida en momentos de dificultad. Todo el talento, la capacidad y experiencia se esfuman al ponerse en duda dentro de la mente de los jugadores. No se puede ser lo que no se cree ser y más allá, actuar de forma racional es más fácil en momentos de estabilidad y no de crisis.
En suma, la aplicación de los principios financieros, económicos, legales, administrativos y estadísticos, hacen posible encontrar decisiones óptimas de manera relativamente fácil. El desafío consiste en poner en práctica esas decisiones que son afectadas por la sicología de los individuos especialmente en los momentos de crisis. Decirle a un accionista de la BP que no venda, va más allá del ejercicio financiero. Lograr que un jugador de Brasil juegue como lo hace siempre, requiere más que palabras. Es por eso que cualquiera sea la disciplina empresarial en que cada uno se desempeñe, en muchos casos es mejor actuar como sicólogo y no matemático a la hora de recomendar acciones. Cada persona tiene en su interior una carga de sentimientos, expectativas y emociones que es conveniente interpretar para entender porqué en ocasiones y por la racionalidad limitada del ser humano, un elefante cabe por el ojillo de una aguja.
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